Ahora que comienza el ‘retorno’ a clases, así, entre comillas, se revive el debate sobre la presencialidad o no de los estudiantes en sus aulas. Ya está claro que debido al rebrote de la pandemia de covid-19 eso no será posible.

Y las estrategias que muchos colegios –públicos y privados– y varias universidades habían implementado desde el año pasado para volver a la semipresencialidad han quedado en el aire, con el consecuente desánimo de estudiantes y profesores, testigos de las consecuencias que el encierro escolar deja. Entre ellas, la baja atención de niños y jóvenes. Si ya el celular, el computador y las tabletas constituían un factor de distracción fenomenal, la ausencia del salón de clases y la escasa interactividad con maestros y compañeros agregan un elemento adicional al bajo rendimiento académico y las malas notas.

A esto se agrega la incertidumbre sobre qué tanto los padres están pendientes de que sus hijos sigan las clases virtuales, si reciben las horas reglamentarias de enseñanza, los efectos de la falta de actividad física y el deterioro de la salud mental tanto de alumnos como de profesores, lo cual ya no es un secreto. De esto no se tiene información detallada, por tanto, si algo provechoso ha de sacarse de esa ausencia de alumnos en los pupitres, debe ser el entendimiento de lo que esta nueva realidad empieza a mostrarnos. Y actuar en consecuencia.

En Estados Unidos, el incremento de notas deficientes de los alumnos obligó a adoptar medidas de emergencia, como dar más tiempo a que muchachos con malas calificaciones pudieran prepararse mejor para recuperar sus promedios. En colegios de Cataluña (España) que decidieron apostar por la presencialidad se suspenden clases por dos semanas cuando se reporta algún contagio, y una vez normalizada la situación, todos vuelven a clases.

sgo de propagación del virus, retorne según los parámetros de las autoridades sanitarias y con protocolos de higiene.

En Texas (también en EE. UU.) hay un caso interesante. Lo reportó el diario The New York Times. La Roosevelt High School, en Lubbock, no soportó el significativo descenso del rendimiento de sus estudiantes y mediante una circular comunicó a padres y trabajadores del retorno obligatorio a los salones. El ambiente escolar cambió, lo mismo que el ánimo de los muchachos. Se adoptaron medidas de bioseguridad y se vigiló permanentemente el virus.

Sin embargo, el costo que se ha pagado en número de contagios no ha sido despreciable (buena parte de ellos generados fuera de la escuela), lo que ha hecho que las cuarentenas y ausencia de trabajadores hayan puesto en aprietos a todo el personal, al punto de que algunos maestros han tenido que ayudar a servir almuerzos y el superintendente, a oficiar como conductor del bus escolar un día que el operador terminó contagiado. Pero la escuela no ha dado su brazo a torcer y mantiene su estrategia. ¿La razón? El rendimiento de sus estudiantes ha mejorado sustancialmente.

En Bogotá ha habido esfuerzos. Mantener a la baja la deserción o garantizar la asistencia alimentaria para 800.000 niños y niñas, lo mismo que las ayudas virtuales y académicas, han salvado el año escolar. Pero lo que está por verse es si en términos de calidad el balance es el mismo o si la población altamente vulnerable, así como la que requiere atención especial, muestra resultados favorables en rendimiento académico o qué estrategias se han implementado para atender casos de niños y niñas con problemas de depresión y ansiedad, una información útil para salirles al paso a las consecuencias de haber mantenido el encierro.

Algo que bien podría ensayar la Secretaría de Educación, con el apoyo de todos los involucrados en el tema, es la ubicación de zonas vulnerables de la ciudad en donde las cifras de contagios permitirían reabrir algunos colegios para los niños y monitorearlos rigurosamente. Sé de buena fuente que ya hay unos 140 con sus protocolos listos para retornar a clases. San Cristóbal y Suba podrían ser las primeras en entrar en esta dinámica.

El recién posesionado presidente de EE. UU., Joe Biden, también ha pedido que en sus primeros cien días de mandato todos los colegios del país regresen a clases presenciales como medida de “emergencia nacional”. ¿Más claro?

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